Sonidos Atrapados

2.4.05

De vuelta

Pues eso, que ya estoy de vuelta por estos lares.
El viaje de vuelta me resultó algo más corto que el de ida, en parte porque dormí más en el avión de Santiago de Chile a Madrid que en la otra ocasión. El problema fue, para variar, en el momento del aterrizaje: el avión entró muy alto en la Península (cerca de 12000m) y tuvo que bajar mucho hasta Madrid; por algún motivo empezó a hacer el típico "toboganeo" y me mareé muchísimo (al igual que la mayor parte de la tripulación), hasta el punto que, en ausencia de bolsas al efecto, tuve que vomitar considerablemente y evitar al mismo tiempo expulsar nada (sin entrar en detalles), lo cual fue realmente insufrible. Por lo demás no hubo nada especialmente destacable, salvo el hecho de que, al igual que en el viaje de ida, en el vuelo de Santiago de Chile a Mendoza, me tocó en el lado opuesto al que está el Aconcagua y tampoco pude verlo bien esta vez. Aún así, es imponente sobrevolar los Andes.

La llegada a Galicia fue inesperadamente extraña: ver ese color verde esmeraldado, casi olvidado ya, desde el avión fue raro de por sí; pero más extraña aún fue la sensación de entrar en un mundo pequeño y apretado. Fue lo contrario que al ir, donde me parecía que entraba en un mundo de gigantes. Incluso noté cierta sensación de agobio, con tanto cemento y tan poco sitio (en Santiago de Compostela, en concreto). Pronto me volví a acostumbrar y todo se normalizó un poco. A estas alturas ya siento como si el viaje a Malargüe hubiera sido un sueño; me siento un poco como Bilbo Bolsón al volver de sus aventuras en el libro "El Hobbit" (también en lo que respecta a volver a un mundo de menores dimensiones).

El viaje creo que ha valido mucho la pena, de hecho y por momentos me sentí mal por marcharme. También tenía ganas de volver, por supuesto, pero una cosa no excluye la otra. Espero volver.

Esa zona tiene una importancia geológica inimaginable. Los paisajes caprichosos que se pueden observar en las montañas y, sobre todo, en una región volcánica llamada "La Payunia", nunca me hubiera imaginado que pudieran existir. Bajo mi punto de vista, lo de la reserva de la Payunia es una auténtico escándalo y roza el exceso. No creo que haya muchos sitios comparables en el mundo, aunque sea muy grande. Volviendo a Tolkien, en ese sitio también hay coladas volcánicas (ríos de lava, vamos) clavados al Mordor y alrededores, citados en el Señor de los Anillos, según la representación vista en el cine de esas zonas.
Sin duda vale la pena ver lo que hay en Malargüe, además, allí se siente por momentos una tranquilidad especial (al menos yo). En todo caso, para gustos hay muchos colores y hay gente a la que no le gusta estar allí (si duda yo podría ser uno de ellos en cualquier momento si cambia el viento de mi cabeza, como tanto le gusta hacer). Lá única pega es que el ambiente es muy seco y los ojos molestan más de lo normal (y la nariz, a quien la tiene sensible), también hay que mencionar a los arácnidos tóxicos que existen por ahí (arañas homicidas, viudas negras, escorpiones..).
A la gente de allí, por lo que puede ver, se les nota también un aire especial, puro o entrañable, como a la zona, aunque no tuve el tiempo suficiente como para poder asegurarlo y todo sigue dependiendo del citado viento (que, por cierto, en el sentido literal también abunda a veces por la región, polvo incluído).
Hay algo imperturbable e independiente del resto del universo.

Me interesaría (quizá en otra hipotética ocasión) ir por allí en Noviembre, que es cuando hay ballenas en el sureste de Argentina (Madryl), y echarles un vistazo, así como a alguno de los famosos glaciares de la zona sur (e Iguazú..). Pero ya se verá.

Como anécdota social, hablar del famoso mate (infusión de esa hierba). Es curioso ver cómo se conduce mientras se toma mate, se va a todos lados con el termo lleno de agua caliente (esto último creo que depende de la zona de Argentina), se utiliza cuando se tienen invitados a modo de "pipa de la paz", etc. Personalmente a mí sólo me gusta con azúcar y si el agua no está muy caliente (ya que me quemo la lengua y encima sabe más fuerte), si no lleva azúcar es demasiado amargo y parece casi un café solo (que tampoco me gusta, por supuesto).

Por último destacar que, en el día y medio que estuve en Mendoza, puede observar cómo también allí hay gran cantidad de árboles en la mayoría de las calles, que casi no dejan ver las viviendas (al revés de lo que suele pasar), ni siquiera los edificios (que no son muy altos). Es una ciudad de un millón de habitantes y coincide en eso con la humilde Malargüe, parece que es característico de las urbes argentinas. Me parece una gran virtud.

Curiosa Argentina, sí. Tierras del Oeste.

PD: acaba de morir el Papa, tal y como muchos estaban esperando y parecían estar deseando...